María formaba parte de aquellas personas que escuchaban. María conocía la Palabra, la acogía con amor y la hacía vida y por eso, aun siendo niña su vida era Palabra de Dios hecha vida, en su pureza, humildad, alegría, su paz, su amor a Dios y al prójimo, y en su dinamismo en las labores humildes.
Dios Padre se fijó en esta tierna joven para esposa del Espíritu Santo y madre del Hijo de Dios. “A quien guarda mi palabra, mi Padre lo amará   y vendremos a El”. Jn 14, 23.  Dios escoge lo humilde y lo enaltece: A un pastorcito humilde lo hace Rey de Israel. Belén, es entonces el más pequeño de los pueblos de Israel. Nazaret es, un humilde poblado y allí está humilde servidora del Señor la hace Madre de Dios y Reina del Universo. 
Hoy en la Iglesia esta Palabra también se hace cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía. 
Si hace 2.000 años los pastores tuvieron el honor de adorar a Dios en el Niño de Belén, hoy tenemos el privilegio de adorarlo en la Eucaristía. Esta es la fe y la sabiduría que existe en quienes llegan a la Santa Misa; pueden contemplar con los ojos de la fe el nacimiento de Jesús en el altar  y más aún pueden hacerse uno con Dios  pues dice el Señor: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre habita en mi y yo en el”.Jn. 6,54.
 
 
 
Luis Duván Pérez Aguirre Pbro. 
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