Sanación

 

 

“Todo árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da  frutos malos”. Mt. 7,17.

Alguien sin estar en gracia recibe sanación porque el amor de Nuestro Padre Celestial desea dejar testimonio de amor en algún ser que se ha ausentado;  para que en esta forma pueda regresar.

Lo normal es que la persona esté preparada con un corazón puro. Dios puede sanar el alma, la mente, el cuerpo; muchas personas buscan que Dios sane su cuerpo.

¿De qué serviría una sanación corporal si el alma está sucia?

Cuando alguien se enferma busca un médico.

Hay quienes se preguntan porque no progresan espiritualmente, como aquel pájaro que no lograba atravesar la vidriera, e insista una y otra vez.

Muchas personas no logran superar la ansiedad, la angustia, el miedo. Algunas enfermedades corporales proceden de las heridas del corazón. Por ejemplo comentaba señor Uribe Jaramillo, de una mujer que fue a pedirle  orara por su problema de asma; Monseñor oró para que Jesús sanara una herida emocional. Al sanar el corazón sanó el cuerpo así, también  al sanar el alma sana el cuerpo.

Las heridas emocionales tienen una gran incidencia en la vida de las personas, en su forma de sentir, de pensar, de obrar. Cuando sana una herida la persona empieza a cambiar. Algunas heridas requieren varias o repetidas curaciones, es decir, hay que orar insistentemente.

Hay muchas actitudes que son fruto de resentimientos, de miedos, de complejos: egoísmo, celos, rencores, mal trato.

En la medida en que Nuestro Señor vaya cambiando, sanando nuestro corazón por la acción del Espíritu Santo, nuestras actitudes van apareciendo diferentes. Que distinta es la persona, ¡cómo ha cambiado! es el comentario que se puede escuchar.

Pero el Espíritu Santo tiene en cuenta la voluntad de la persona; para que una herida sane se necesita perdonar, arrepentimiento y acercamiento a Dios.

Solo los que se saben amados por Dios pueden amar.

En el Nombre de Jesús, deseo para ti una vida espiritual y vida corporal sana,  para que bendigas y alabes a Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

Luis Duván Pérez Aguirre Pbro.
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